Homilía de Mons. Satué en las ordenaciones de José Francisco, Cristian y Huberto

Escrito el 04/07/2026

Queridos hermanos y hermanas; queridos Cristian, José Francisco y Huberto:

Hoy es un día grande para vosotros y para vuestras familias; para nuestra Diócesis de Málaga y también para la de Mongomo, en Guinea Ecuatorial. Es un día precioso, no tanto por lo que nosotros hacemos, sino por lo que Dios ha hecho, por lo que realizará hoy y por lo que seguirá obrando en el futuro.

Dios realiza su obra

Vosotros habéis experimentado que Dios, como el artista más sublime, realiza su obra en vuestros corazones. Huberto, decías recientemente: «Dios siempre está ahí y te pone alrededor mediaciones, como los formadores, mis padres y mis compañeros del Seminario». José Francisco, al pedirme ser ordenado sacerdote, escribiste: «su poder se manifiesta en la debilidad, me sostiene hoy y da fuerzas». Y tú, Cristian, afirmabas: «Confío en la gracia que el Espíritu me concederá para llevar a cabo la misión. Siempre confiando en la gracia y no tanto en mis fuerzas».

Experimentar la acción de Dios nos mueve a la gratitud, a la alabanza y a la esperanza; pues Dios, que nos ha acompañado y salvado hasta el día de hoy, seguirá a nuestro lado, actuando en nuestro favor. Por eso, con el profeta, también nosotros podemos acoger confiadamente la promesa del Señor: «levantaré la tienda caída, taparé sus brechas, levantaré sus ruinas como en otros tiempos, haré volver a los cautivos…». Y con el salmista cantamos: «El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto».

San Manuel González lo tenía muy claro. Él no pedía simplemente que fuéramos buenos pastores, ni siquiera que Dios nos ayudara a serlo. Él rezaba: «Haznos buenos pastores». Dios es quien nos hace buenos pastores. Por esta razón, Cristian, José Francisco y Huberto, después de vuestras promesas, os diré: «Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término».

Dejadme, pues, que os plantee, queridos hermanos y hermanas, una primera pregunta: ¿Descubro y agradezco la obra de Dios en mi vida?

Una obra amorosa y artesanal

Dios realiza en nosotros una obra artesanal. No nos creó en serie, sino en serio. Y si se lo permitimos, nos va moldeando con amor, como el cariño de una esposa va moldeando la personalidad del esposo. La obra de Dios no es una imposición caprichosa; todo lo contrario: su amor despliega nuestros talentos, cura nuestras heridas y nos ayuda a abrazar humilde y responsablemente nuestras limitaciones. Por eso, poner la vida en sus manos, lejos de despersonalizarnos, multiplica nuestra alegría, nuestra libertad y nuestro amor.

Esta obra de Dios es artesanal en todo momento. No nos uniformiza; sino que, como buen educador, saca de cada uno lo mejor. Por tanto, cada diácono, cada sacerdote, cada obispo, aun compartiendo una misión común, aporta su propia riqueza: unos con un acento más institucional, otros más profético; unos con sabiduría más especulativa, otros más práctica; unos con sensibilidad social, otros más estética; unos subrayando el amor, otros la verdad. Así pues, la auténtica competencia entre sacerdotes no consiste en alcanzar lo que otro ha logrado, sino en permitir que la obra de Dios en nosotros nos haga crecer en santidad.

Esto no supone —como bien imagináis— que cada cual pueda dejarse llevar por sus caprichos. Significa que la obra de Dios es personal y que Dios no trabaja en ti para que te parezcas a otro, sino para que alcances tu mejor versión, para que se cumpla el sueño de Dios sobre ti.

En este sentido, os brindo una segunda pregunta: ¿Pongo mi vida en las manos de Dios con confianza o a regañadientes?

Una obra que reclama nuestra colaboración

La obra divina necesita nuestra humilde colaboración, para ponernos “a tiro”, de modo que el Espíritu pueda actuar. ¿En qué se concreta esta apertura? Ante todo, en abrir tiempos de calidad a la oración. La relación personal con Cristo es vital para cualquier bautizado o bautizada, pero mucho más para nosotros, llamados a vivir en celibato. El ministerio llena del corazón de los pastores y es fecundo para el pueblo cuando nuestro deseo de hacer el bien a los demás y nuestras prácticas piadosas se enraízan en una relación cordial, madura y constante con el Señor. Esta actitud de apertura debe mantenerse también hacia las mediaciones en las que Dios se hace presente y actúa.

Por eso, queridos José Francisco, Huberto y Cristian; queridos sacerdotes y diáconos: abrid cada día vuestro corazón a la gracia de Dios. Es una tarea diaria, como la de aquellos hebreos que recogían el maná, sabiendo que no podían comer hoy el pan recogido ayer. Del mismo modo, tampoco nosotros podemos vivir de renta. Hemos de recibir la gracia de Dios cada día: en las jornadas luminosas en las que creemos no necesitar a nadie, y en las noches oscuras en las que todo parece perder sentido. Cada día acojamos la gracia en el silencio de la oración, en el acompañamiento espiritual, en los hermanos sacerdotes y diáconos que comparten luchas y esperanzas, en tantas personas que son una caricia de Dios para nosotros y en el santo pueblo fiel de Dios, pues Él suele trasformar a los pastores desde las ovejas.

Recordad en este sentido, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, que el ejercicio del ministerio no sólo es una obligación que nos desgasta. El servicio a los hermanos y hermanas, ante todo, alimenta nuestra espiritualidad y permite que la obra de Dios avance en nosotros y a través de nosotros. Por tanto, vivid intensamente vuestro ministerio: los diáconos, en el anuncio de la Palabra, el servicio del altar y la caridad; los sacerdotes, enseñando la Palabra, santificando en la liturgia y guiando la vida de la comunidad para que sea fiel al Evangelio. Vivid vuestro ministerio con una actitud de disponibilidad confiada a los planes de Dios. Os lo digo por experiencia, no por conveniencia en estos tiempos de cambios, en los que nos inquieta una llamada del obispado.

Os dejo una tercera pregunta: ¿qué me falta y que me sobra para colaborar más responsablemente con la obra de Dios en mí?

Una obra que requiere discernimiento

Colaborar con la obra de Dios en nosotros, en nuestras comunidades y en el mundo exige discernimiento. Parafraseando el Evangelio, podemos decir que no se trata de repetir miméticamente ayunos o prácticas que otros realizan, ni de cerrar los ojos al vino nuevo que Dios ofrece en tiempos cambiantes. A vino nuevo, odres nuevos.

Cuando preguntamos a nuestros hermanos mayores, que vivieron en primera persona el Concilio Vaticano II, nos cuentan cómo ha cambiado la sociedad malagueña desde su ordenación y cómo la Diócesis y ellos mismos han tratado de convertirse, para responder a los nuevos desafíos de la época. Y no creo equivocarme si digo que los cambios que veréis vosotros —Huberto, José Francisco y Cristian— y vuestra generación serán aún mayores. Por eso, esta actitud de discernimiento será decisiva: para no dejarnos llevar por las modas mundanas de cada momento ni caer en el inmovilismo de quienes detuvieron su reloj eclesial en el Concilio Vaticano I, en los años 60 o en los 2000.

Cuarta y última pregunta: ¿Dedico tiempo de calidad a discernir, junto a otros, cómo ofrecer el vino siempre nuevo del Evangelio a nuestro mundo?

Conclusión

Concluyo ya. Que la Virgen de la Victoria interceda por todos, y especialmente por vosotros, José Francisco, Huberto y Cristian, para que, como Ella y con Ella, abramos de par en par el corazón y colaboremos para que Dios siga realizando su obra en nosotros, en nuestras parroquias y en nuestro mundo. Amén.