Huberto, Cristian y José Francisco, primeros diáconos y sacerdote ordenados por Mons. Satué

Escrito el 04/07/2026

José Francisco Fernández Fuentes, Cristian Carrasco Sánchez y Huberto Owono Mbogo han recibido la ordenación de manos de Mons. Satué. El primero como sacerdote y los demás como diáconos. Son las primeras ordenaciones presididas por D. José Antonio como obispo de Málaga.

El obispo emérito D. Jesús Catalá, junto a decenas de sacerdotes de todos los puntos de la diócesis han concelebrado la Eucaristía en la que estos tres jóvenes recibían las sagradas órdenes en la Catedral de Málaga. El coro de la parroquia de Alhaurín el Grande, en la que ha servido este último año José Francisco como diácono, se encargó de los cantos de la celebración.

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Antes de la homilía del Obispo, el hasta ahora rector del Seminario, Juan Manuel Ortiz Palomo, llamó a los candidatos a las órdenes y los presentó al Obispo exponiendo que, tras el proceso de formación y consulta realizado con ellos, daba testimonio de que eran considerados dignos para recibir el orden. 

En su homilía, que pueden leer íntegra aquí, D, José Antonio comenzaba felicitando a D. Jesús Catalá por sus bodas de oro sacerdotales en el día anterior y continuaba afirmando que «hoy es un día grande para vosotros y para vuestras familias; para nuestra Diócesis de Málaga y también para la de Mongomo, en Guinea Ecuatorial. Es un día precioso, no tanto por lo que nosotros hacemos, sino por lo que Dios ha hecho, por lo que realizará hoy y por lo que seguirá obrando en el futuro».

«Experimentar la acción de Dios nos mueve a la gratitud, a la alabanza y a la esperanza; pues Dios, que nos ha acompañado y salvado hasta el día de hoy, seguirá a nuestro lado, actuando en nuestro favor. Por eso, con el profeta, también nosotros podemos acoger confiadamente la promesa del Señor: “levantaré la tienda caída, taparé sus brechas, levantaré sus ruinas como en otros tiempos, haré volver a los cautivos…”. Y con el salmista cantamos: “El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto”», añadía el pastor malacitano, quien recordaba también las palabras de un santo Obispo malacitano, san Manuel González, quien «lo tenía muy claro. Él no pedía simplemente que fuéramos buenos pastores, ni siquiera que Dios nos ayudara a serlo. Él rezaba: “Haznos buenos pastores”. Dios es quien nos hace buenos pastores. Por esta razón, Cristian, José Francisco y Huberto, después de vuestras promesas, os diré: “Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término”».

Varias preguntas planteó Mons. Satué a los presentes en la ordenación, laicos, religiosos y religiosas, diáconos y sacerdotes: «¿Descubro y agradezco la obra de Dios en mi vida?», «¿Pongo mi vida en las manos de Dios con confianza o a regañadientes?», «¿Qué me falta y que me sobra para colaborar más responsablemente con la obra de Dios en mí?» y «¿Dedico tiempo de calidad a discernir, junto a otros, como ofrecer el vino siempre nuevo del Evangelio a nuestro mundo?».

«Dios realiza en nosotros una obra artesanal. No nos creó en serie, sino en serio», afirmaba, «y si se lo permitimos, nos va moldeando con amor, como el cariño de una esposa va moldeando la personalidad del esposo. La obra de Dios no es una imposición caprichosa; todo lo contrario: su amor despliega nuestros talentos, cura nuestras heridas y nos ayuda a abrazar humilde y responsablemente nuestras limitaciones. Por eso, poner la vida en sus manos, lejos de despersonalizarnos, multiplica nuestra alegría, nuestra libertad y nuestro amor».

«El ejercicio del ministerio no solo es una obligación que nos desgasta. El servicio a los hermanos y hermanas, ante todo, alimenta nuestra espiritualidad y permite que la obra de Dios avance en nosotros y a través de nosotros. Por tanto, vivid intensamente vuestro ministerio: los diáconos, en el anuncio de la Palabra, el servicio del altar y la caridad; los sacerdotes, enseñando la Palabra, santificando en la liturgia y guiando la vida de la comunidad para que sea fiel al Evangelio. Vivid vuestro ministerio con una actitud de disponibilidad confiada a los planes de Dios. Os lo digo por experiencia, no por conveniencia en estos tiempos de cambios, en los que nos inquieta una llamada del obispado», insistía D. José Antonio.

Tras la homilía, el Obispo de la diócesis interrogó primero a los ordenandos como diáconos y después al candidato al sacerdocio, sobre su voluntad de consagrarse al servicio de la Iglesia, vivir el celibato y asumir sus responsabilidades ministeriales, y ellos prometieron obediencia y respeto al Obispo actual y a sus sucesores. 

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Siguiendo el ritual de las ordenaciones, los tres candidatos se postraron rostro en tierra, en señal de humildad y entrega, mientras la asamblea cantaba las letanías de los santos y pedía su intercesión; después el Obispo les impuso las manos y rezó la plegaria de ordenación para los diáconos y la oración consecratoria para el sacerdote, tras lo que todos los sacerdotes impusieron también sus manos en la cabeza del nuevo sacerdote, José Francisco. 

Los sacerdotes padrinos de los 3 recién ordenados les ayudaron a revestirse con la estola diaconal y la dalmática (a los diáconos) y la estola y la casulla (al sacerdote). 

A los diáconos, el Obispo les entregó el libro de los Evangelios recordándoles su misión de proclamarlo y enseñar con el ejemplo, y al sacerdote le ungió las manos con el Santo Crisma, consagrándoselas para bendecir y ofrecer el sacrificio eucarístico. También le entregó las ofrendas (el pan y el vino, la patena y el cáliz) como símbolo de su nueva misión de celebrar la Eucaristía. 

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El rito concluyó con un abrazo de paz, dándoles la bienvenida, a unos al diaconado y al otro al sacerdocio, y un cálido aplauso de todos los presentes. 

La Eucaristía continuó su desarrollo, comenzando en ella, los recién ordenados, su servicio. 

Tras la celebración litúrgica, los cientos de fieles llegados desde los pueblos y parroquias en los que estos jóvenes han desempeñado su labor pastoral en los últimos años, se acercaron a saludar y dar la enhorabuena a sus nuevos servidores del Evangelio.