Fernando Bonete es uno de los ponentes de las IV Jornadas de Teología y Mundo Actual que organiza el Centro Superior de Estudios Teológicos San Pablo. Doctor en Comunicación Social, profesor titular de Escritura y Argumentación y director del Grado en Comunicación Estratégica de la Universidad Nebrija, es uno de los creadores de contenido y divulgadores más importantes de España.
Participa en las IV Jornadas de Teología y Mundo Actual
Fernando Bonete es uno de los participantes en las IV Jornadas de Teología y Mundo Actual, que se celebran los días 13 y 14 de febrero en Málaga, organizadas por el Centro Superior de Estudios Teológicos San Pablo sobre la posverdad y el testimonio de fe. Profesor de la Universidad Nebrija, su cuenta de Instagram (@en_bookle) reúne a medio millón de personas en torno a la cultura y la literatura. Su labor ha sido reconocida con el Premio EDE Literatura 2022 y el Premio Lolo de Periodismo 2023. Ha publicado los libros “Cultura de la cancelación. No hables, no preguntes, no pienses”; “La guerra imaginaria. Desmontando el mito de la inteligencia artificial con Asimov”; “Malas lenguas. 100 anécdotas de escritores de (casi) todos los tiempos” y “Un libro para cada año de tu vida”. En febrero publica “La hija del Fénix” (Espasa), su primera novela. Además, es colaborador de programas y medios de comunicación como Espejo Público de Antena 3, La Tarde de COPE, El Mundo, El Debate. Conversa con diocesismalaga.es sobre su participación en estas jornadas.
¿Qué valor tiene para usted participar en estas IV Jornadas de Teología y Mundo Actual?
Uno muy especial, porque son unas jornadas que no se limitan a la reflexión teórica o académica encerrada en sí misma, sino que se sitúan en el cruce de la teología con el mundo. La discusión de sus temas implica estar en el mundo, es decir, ni fuera, ni plegado a él, pero sí “en” el mundo. Ese espacio incómodo, pero imprescindible para el sentido crítico donde la fe acompaña o confronta con los desafíos culturales, sociales y comunicativos de nuestro tiempo. Ese es un lugar que me interesa mucho como investigador, pero también como creyente y, por qué no, como ciudadano.
Al hilo del programa y del elenco de voces representadas, ¿cuál sería su invitación a participar?
Que acudan con la mente abierta y con el deseo honesto de comprender mejor el tiempo que nos ha tocado vivir. El programa reúne voces muy diversas, procedentes de la filosofía, la teología, la comunicación, la historia, y eso es de una enorme riqueza. Querría que estas no fueran unas jornadas pensadas para reafirmarse en certezas previas, sino para pensar, contrastar y, si hace falta, discutir, en el mejor sentido, en el único sentido que tiene una discusión, la de enriquecerse con los pareceres de los demás. Pretendo contribuir a ello.
Su aportación va en el marco de la cultura de la cancelación. ¿Qué relación tiene con la verdad?
La relación es directa y muy profunda. La cultura de la cancelación no es solo un fenómeno social o comunicativo, sino una forma muy concreta de relacionarnos con la verdad. También de convivir o malvivir con los demás. En esencia, la cancelación opera cuando la verdad deja de ser algo que se busca y se contrasta, para convertirse en algo que se impone o se silencia, según convenga. En un contexto de posverdad, la cancelación funciona como un atajo: cuando no interesa discutir un hecho, un argumento o una interpretación, se desacredita a quien lo plantea, se le deslegitima o se le expulsa del espacio público. No se refuta lo que dice, se cancela a quien lo dice. Hablar de cancelación es hablar también de la crisis de la verdad.
¿Cuáles son los principales factores que provocan que esta cultura encuentre en nuestra sociedad tierra fértil para echar raíces?
Cuando se debilita la idea de verdad, lo que queda es la imposición del relato más fuerte o emocional. En ese terreno, la cancelación encuentra un espacio muy fértil para prosperar. También ha tenido que ver la hipermoralización del debate público. Muchas cuestiones se abordan hoy no desde la argumentación, sino desde la acusación. Discrepar ya no es un ejercicio intelectual legítimo, sino una falta. Esto genera miedo, autocensura y silencio. Un tercer factor clave es el papel que desempeñan las redes sociales, que premian el conflicto, la indignación y la simplificación. Hay también una profunda crisis de confianza en las instituciones tradicionales de mediación. La universidad, los medios, la Iglesia, la ciencia, lo que deja espacio a dinámicas emocionales y tribales propias de la cancelación.
¿Hay esperanza? ¿Hacia dónde?
Sí, hay esperanza, pero no una esperanza ingenua o automática. La esperanza pasa por recuperar el valor de la verdad y del diálogo, aunque eso implique asumir costes personales y sociales. Pasa por perder el miedo a pensar, a preguntar y a hablar con honestidad. También pasa por reconstruir espacios de encuentro donde la discrepancia no sea vivida como una amenaza, sino como una oportunidad de aprendizaje. En el ámbito cristiano, la esperanza tiene una raíz muy profunda: la convicción de que la verdad no es solo una idea, sino una Persona, y que dar testimonio de ella implica hacerlo bajo su testimonio de caridad. En este sentido, jornadas como esta son ya, en sí mismas, un signo de esperanza.