Homilía del Sr. Obispo de Málaga, Mons. Jesús Catalá, en la vigilia pascual 2024

SÁBADO SANTO – VIGILIA PASCUAL

(Catedral-Málaga, 30 marzo 2024)

Lecturas: Gn 1, 1-2,2; Ex 14, 15-15,1; Is 55, 1-11; Ez 36, 16-28; Rm 6, 3-11; Sal 117; Lc 24, 1-12.

La vida nueva en Cristo, en los sacramentos

1.- Muy queridos hermanos en el episcopado, sacerdotes, diáconos, ministros del altar y fieles todos. En esta Noche Santa de la Vigilia pascual hemos escuchado en las lecturas bíblicas la historia de la salvación y las hazañas que Dios ha realizado en favor de la humanidad.

Dios ha hecho su gran obra de la creación en favor del hombre, que es su centro y su meta. Como hemos escuchado, Dios creó en el día sexto al ser humano, como culmen de la creación, dándole poder y dominio sobre todos los demás seres creados.

La historia de la salvación es el entramado de toda la revelación de Dios eterno, quien creó el mundo de la nada; ninguna criatura pudo venir a la existencia sin la palabra omnipotente del Creador.

La vida del cosmos ha tenido un inicio en el tiempo; aunque haya ciertas teorías que quieren explicar la existencia del cosmos desde presupuestos pre-científicos o falsamente científicos. El cosmos es creado por Dios de la nada y en el tiempo; ésta es una verdad revelada.

Esta obra ha sido coronada por el hombre, como imagen de la divinidad que, teniendo un elemento terreno, tiene también otro componente divino que le ennoblece y lo abre a la trascendencia, porque el ser humano ha sido creado a imagen de Dios (cf. Gn 1, 26-27).

La creación es el primer acto salvífico en el tiempo, que parte de la iniciativa divina; y es modelo de otras acciones salvíficas posteriores. Después de la lectura de la creación hemos escuchado otras hazañas salvíficas, que Dios hace en favor de su pueblo Israel. Cada acto salvífico se considerará una nueva creación, referida a la salvación definitiva.

Dios creó al hombre para la vida, para la felicidad y para la libertad. Y el hombre será feliz en comunión con su Creador, pero no si se separa de él; y disfrutará de una vida sin límites y sin muerte, si come solo de aquello que gratuita y generosamente se le ofrece. Dios hizo al hombre para la vida eterna.

Esta historia universal de salvación la vivimos también como historia particular de salvación, puesto que Dios nos ha creado a través de nuestros padres; nos ha hecho hijos suyos en el bautismo; y ha realizado tantas cosas buenas y bellas en la vida de cada uno de nosotros.

Dios hizo alianza con el pueblo de Israel y la hace con cada uno de nosotros; es una alianza de amor. El pueblo de Israel rompió muchas veces la alianza: la de Noé, la de Moisés, la de Abrahán. Hasta que, en la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4-5), el Hijo de Dios realiza la alianza definitiva. Y nosotros, ¿cómo vivimos la alianza de amor con el Señor?

2.- Esta es la noche bautismal por excelencia, queridos hermanos, porque en las aguas del bautismo somos sepultados en la muerte de Cristo, para que muertos al pecado (cf. Rm 6, 8), por el don de la fe renazcamos a una vida nueva. Como dice san Pablo: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4).

La Pascua nos invita a vivir esa vida nueva; una vida en la que hemos de procurar dejar a un lado todo lo que nos aparta de Dios, teniendo la mente y los sentimientos de Cristo (cf. Flp 2, 5) y rechazando todo pecado.

San Pablo explica el misterio Pascual al que somos incorporados por medio del bautismo, y la vida de unión con Cristo a la que nos introduce: «Si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya» (Rm 6, 5). Para resucitar es preciso primero morir.

La Pascua es el paso de la muerte a la vida; de las tinieblas a la luz, como hemos hecho en la primera parte de la liturgia de esta noche, acompañados de la luz del Cirio pascual, signo de Cristo resucitado.

3.- El agua simboliza la muerte en la cual se reconquista la vida: el agua «que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14). Es necesario “sumergirse” en esta agua, en esta muerte, para emerger después de ella como hombre nuevo, como nueva creatura; es decir, vivificado por la potencia de la resurrección de Cristo.

Este es el misterio del agua, que esta noche bendecimos y que será  penetrada por la “luz de Cristo”, cuando introduzcamos el Cirio pascual en el agua; el agua es símbolo de la potencia de la resurrección y de la vida nueva.

Esta agua llega a ser, en el sacramento del bautismo, el signo de la victoria sobre el mal, sobre satanás, sobre el pecado; el signo de la victoria que Cristo ha traido mediante su muerte en cruz, como nos recuerda san Pablo: «Nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado» (Rm 6, 6).

Con san Juan Pablo II decimos: “Esta es la noche de la gran espera. Esperamos en la fe, esperamos con todo nuestro ser humano a Aquel, que al alba ha roto la tiranía de la muerte y ha revelado la divina potencia de la vida: Él es nuestra esperanza” (Homilía en la misa de la Vigilia Pascual, La nueva vida en la luz de Cristo, 5, Vaticano, 14.IV.1979).

4.- La vida nueva en la que Cristo nos ha introducido se nos comunica de modo real en los sacramentos, en los que Cristo resucitado y vivo está presente entre nosotros todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).

Su presencia real brilla de modo eminente en la eucaristía, a la que se ordenan todos los demás sacramentos, pues en ella se nos da Cristo mismo todo entero, y por ella entramos en comunión viva y personal con Él.

En esta noche de Pascua los catecúmenos reciben el bautismo, mediante el cual son incorporados a la muerte y a la resurrección del Señor. Y después participan por primera vez del cuerpo sacramental de Jesucristo: la eucaristía. Recibirán, por tanto, los dos sacramentos principales: bautismo y eucaristía. También recibirán la confirmación, que es el perfeccionamiento del bautismo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1316).

5. Los sacramentos han brotado de la cruz de Cristo, como dice Juan Crisóstomo, y su fuente fue el costado del Señor: “Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía” (Catequesis 3, 15).

Del costado de Jesús se formó la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva. Con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia. Cristo se ha unido a su esposa y la nutre con su propio cuerpo y alimenta con sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer (cf. Ibid. 3, 19).

Queridos hermanos, celebremos esta Pascua dejándonos renovar por los sacramentos y aceptando la vida nueva en Cristo resucitado. Dejemos que nuestro “hombre viejo” sea destruido con Cristo en su muerte (cf. Rm 6, 6), para vivir con él resucitados (cf. Rm 6, 8). Como dice el apóstol Pablo: «Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6, 11).

Cantemos con gran alegría el cántico del “Aleluya”, propio del tiempo pascual. Y pidamos a la Virgen Santísima que nos acompañe en esta Pascua de resurrección y nos proteja con su amor maternal. Amén.