Homilía de Mons. Jesús Catalá en el Domingo de Pascua de Resurrección de 2024

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 31 marzo 2024)

Lecturas: Hch 10, 34a.37-43; Sal 117, 1-2.16-17.22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9. 

Testigos de la resurrección

1.- Tras el largo recorrido de la Cuaresma hemos llegado al Domingo de Pascua, que nos trae la alegre noticia de la resurrección del Señor. ¡Alegraos, porque Cristo ha vencido la muerte y ha resucitado! “Aleluya” es el canto de la pascua; cantemos al Señor por las maravillas que hace con nosotros.

Celebramos el misterio pascual que nos salva. Dios, en su infinita misericordia, ha liberado al mundo de las cadenas que lo esclavizaban; ha eliminado las tinieblas que lo cubrían; lo ha iluminado con su luz inmarcesible y lo ha regenerado dándole nueva vida.

La resurrección de Cristo es un hecho histórico, que a la vez trasciende el tiempo y el espacio. La Iglesia siempre lo ha atestiguado y creído firmemente, apoyada en los testimonios de la tumba vacía y de las apariciones del Resucitado a sus discípulos.

El apóstol Pedro narra en su discurso en casa de Cornelio la historia de Jesús: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38). El apóstol se presenta como testigo de estos hechos: «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. A éste lo mataron, colgándolo de un madero» (Hch 10, 39).

Pedro, los apóstoles y los discípulos han visto al Señor resucitado: «Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse» (Hch 10, 40). Ahora, queridos hermanos, toca a nosotros, los cristianos, ser sus testigos en esta sociedad descreída, que necesita nuestro testimonio; necesita escuchar que Cristo ha resucitado, que el hombre está salvado, que hemos sido redimidos y estamos llamados a la vida eterna; y que no se puede vivir mirando el mundo de tejas abajo.

2.- Cristo, el Hijo de Dios, con su muerte ha saldado la deuda de nuestro pecado que contrajimos en Adán, e inmolándose como verdadero Cordero pascual, ha quitado el pecado del mundo.

Con su resurrección el Señor nos ha sacado de una vida abocada a la muerte para darnos la verdadera vida y la felicidad. Ha asegurado nuestros pasos en el camino de la santidad, que conduce a la vida eterna.

Por su resurrección Cristo ha destruido nuestra muerte. Como rezábamos anoche en el Pregón pascual: “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad!

Dios-Padre ha realizado en su Hijo Jesús su obra de salvación: “¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!”. La Iglesia, consciente de saber lo mucho que hemos sido amados por Dios, a pesar de nuestro pecado, llega a decir: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”. Por su resurrección de entre los muertos Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte.

3.- En su muerte y resurrección Cristo ha llevado a pleno cumplimiento el maravilloso intercambio que nos salva (cf. Prefacio III de Navidad), iniciado en su encarnación, y culminado en su resurrección y gloriosa ascensión a los cielos, llevando consigo a la gloria a una multitud de hijos.

Jesucristo es nuestro Dios, que por amor a nosotros se ha hecho hombre y esclavo. Es nuestro Rey, que ha aceptado morir en la cruz para salvarnos.

Damos gracias a Dios porque Jesús asumió en su encarnación nuestra naturaleza humana; y hoy nos hace compartir su divinidad en su resurrección, borrando nuestro pecado y destruyendo nuestra muerte.

La Iglesia contempla hoy a Cristo resucitado, que toma de la mano a todo el género humano para sacarlo del abismo de la muerte y llevarlo a su luz gloriosa, como dice el texto de Efesios: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará» (Ef 5, 14).

Cristo resucitado ha cogido de la mano a Adán, a quien saca de las tinieblas y lo lleva a su reino glorioso. A ese reino de luz, de paz y de amor estamos invitados todos. En la eucaristía saboreamos ya el reino eterno. El Resucitado nos apremia a unirnos a él para gozar del banquete del reino de los cielos, destinado para nosotros desde toda la eternidad.

Jesucristo resucitado es el Señor de la vida, que ha vencido la muerte, ha desvanecido las tinieblas y ha disipado el temor, dándonos su paz eterna.

En este maravilloso día de Pascua el Señor nos invita a seguirle, a salir de nuestras tinieblas, a romper las cadenas del pecado que nos atan, a vivir en su luz porque él es la Luz y la Vida: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).

4.- Según el Evangelio de san Juan, María Magdalena es la primera que se acerca al sepulcro donde habían puesto el cuerpo de Jesús. Al encontrar la piedra removida va a avisar a los apóstoles (cf. Jn 20, 1).

La Magdalena se convierte en la primera testigo de la resurrección de Jesús. En su fiesta litúrgica se le da el título de “Apóstol de los Apóstoles”, porque anuncia a los apóstoles la resurrección de Cristo. Jesús premia su gran amor, su conversión, su discipulado y su valentía. Esperamos que el Señor premie también nuestro discipulado y nuestra valentía de proclamar su resurrección.

Tras este primer anuncio los apóstoles Pedro y Juan salen corriendo hacia el sepulcro vacío (cf. Jn 20, 3-5). Cuando Juan entra y ve las vendas y el sudario «vio y creyó, pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20, 8-9). Para Juan los verbos «ver» y «creer» son sinónimos; si vemos a Jesús resucitado, creemos en él. De ese modo, Juan se convierte en testigo excepcional de la resurrección de Jesús.

En este primer Domingo de Pascua vivamos la alegría de la resurrección del Señor, que nos ha salvado y redimido. Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno su amor (cf. Sal 117, 1).

Proclamemos a los cuatro vientos, queridos hermanos, que Cristo ha resucitado y nosotros con él. Disfrutemos de los cincuenta días que la Iglesia nos concede para celebrar la Pascua con alegría desbordante hasta la fiesta de Pentecostés.

Pedimos a María Santísima que nos ayude a ser testigos creíbles de la resurrección de Cristo en esta sociedad en la que nos ha tocado vivir. Amén.